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La cara oscura del Everest

Mount Everest, Sagarmatha National Park, Rikaze, Nepal

De un tiempo a esta parte, podemos afirmar que el Everest, la cima del mundo, no es lo que era.

Actualmente el problema de la masificación ha superado con creces lo que en los 90, Anatoly Bukreev, guía experto del Everest, comenzó a detectar. Los intereses comerciales y la experiencia no acreditada de los alpinistas para la ascensión han despertado la vulnerabilidad de la montaña. Esta situación conlleva riesgos, no sólo para los que se acercan a este destino, sino también para la propia montaña. Además de las consecuencias del cambio climático, se calcula que cada año se llegan a extraer del “vertedero más alto del mundo” 5 toneladas de basura generada por los alpinistas y dejada a sus espaldas. Es por ello, por lo que el Gobierno nepalí ha tomado medidas al respecto: cada persona ha de bajar 8 kg de residuos propios o ajenos, lo que se calcula que a lo largo de cada año se llegue a recoger alrededor de casi 6 toneladas y media de basura. A pesar de todo ello, no se ha planteado restringir (al menos por el momento) el número de expediciones a este destino.

Por otra parte, y siendo el turismo en el Himalaya la mayor fuente de ingresos de Nepal, la precariedad laboral, la temporalidad de las expediciones y las discrepancias entre sherpas y resto de trabajadores (porteadores, empleados en campo base) están a la orden del día.

Desde abril de 2014, las autoridades han aceptado las condiciones exigidas por los sherpas: seguros de vida y salud. El resto de empleados sigue teniendo salarios cerca de 7 veces menores que los primeros. Esta situación influye negativamente en la economía local y puede llegar a tener consecuencias a mayor nivel en el país.

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